domingo, 5 de noviembre de 2023

HIJOS, Y LA MADRE...NATURALEZA

 Si yo dijera todo esto, así, porque si, obviamente, como poco, me quemarían en la hoguera. Como es Jorge quien lo dice, es decir, un personaje ficticio y protagonista de este breve...digamos "manifiesto"...Pues no lo queman.

Así que, lo dicho. Vaya, lo dicho por Jorge. Me explica que la naturaleza ha sigo muy sabia y no le ha dado hijos.

Y no le ha dado hijos, a su decir, porque no sirve como padre. Menos como madre claro. Él es de otra época. Es de una época en la que, si se te consideraba capaz de irte de fiesta con los amigos, a Dios sabe dónde, se te consideraba capaz de volver solito. Así que, -dice, no sabría hacer eso de poner el despertador y levantarse la madrugada del sábado a las tres de la mañana para ir a buscar al niño a la discoteca. Prefiere hacer el amor después de una buena cena, con un buen vino, y dormir después como un lirón. Tiene por supuesto que mentalizarse -dice, y aceptar, que nunca tendrá ese cariño que profesa un hijo a las cuatro de la mañana en la puerta de una discoteca. Es doloroso pero lo acepta.

No sabe, o no sirve, -dice, para estar recibiendo mensajes de socorro permanentes, de un adolescente dispuesto a suicidarse porque se le han acabado las gigas. Sólo un padre (o madre) como Dios manda, sabe de la importancia, no ya del suicidio (que por cierto el adolescente ha programado y anunciado en redes para después de postear que se va a suicidar porque no tiene gigas); sino de lo vital que resulta para cualquier cerebro "en construcción", el hecho de tener -o no tener- gigas. Jorge no entiende  mucho de gigas. Ni puta falta que hace, -dice.

Así que se ratifica y celebra de la sabiduría de la madre naturaleza. La madre naturaleza elige sabiamente, y valga la redundancia, a aquellos cuya capacidad de educar es manifiesta. Ardua tarea. Y a los que no, pues los condena al ostracismo. A no perpetuar unos genes faltos de sentido común. Faltos de empatía. Faltos de comprensión hacia esos "locos bajitos" que canta Serrat, inocentes, dulces, y a los que, según parece, hay que dejar que sigan "jodiendo con la pelota", como mínimo, hasta pasada la treintena, momento en el que, con un poco de suerte, se marcharán de casa. Con algo más de suerte, tal vez no se separen. Sin embargo, es probable que algún cataclismo en su vida conyugal (léase -por ejemplo- que su pareja les ha agotado las gigas) arroje su drama (y sus huesos) de nuevo a casa de los padres, teniendo éstos la dicha de recibir  a su pajarito en el nido, ahora ya sin síndrome (el nido digo). Y quien dice, si tal vez, no tienen la dicha de poder poner de nuevo el despertador a las tres de la mañana para ir a buscar al niño a la discoteca. Y es que, no es comparable, -para nada-, cenar con un buen vino, hacer el amor y dormir como un lirón, con disfrutar del cariño que profesa un hijo a las cuatro de la mañana en la puerta de una discoteca. Y Jorge, lamentablemente, durmiendo -como un lirón-. No sabe lo que se pierde.

O si.

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