lunes, 4 de octubre de 2010

FELIZIDA

Si vas en el tren y de repente se sienta a tu lado un anciano y te dice:
—“¿Perdón joven sabía que más del ochenta por ciento de la población es infeliz?”, hazme caso, apártate rápido, de lo contrario te puede suceder lo que a mi.

Como sabes viajo en tren a diario, pues bien, hace unos días, cuando se disponía a emprender la marcha, un anciano subió justo al vagón en el que me disponía a leer tranquilamente. Por cortesía le ayudé a sentarse y él agradecido me correspondió con una amable sonrisa. Hasta ahí fantástico, abro mi cartera, saco el libro que estaba a punto de acabar y de repente la pregunta de marras: — “¿Perdón joven sabía que más del ochenta por ciento de la población es infeliz?”

—Disculpe señor, ¿qué ha dicho? –le pregunto al anciano, de nuevo por cortesía, y ahí va el resultado de mi estúpida pregunta.

—Si, si me ha escuchado usted perfectamente joven…¿acaso le da miedo mi presencia… o mi pregunta? ¿es usted feliz? Déjelo, déjelo, no conteste. Verá, dicen los eruditos que, “la felicidad es un estado de ánimo que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada y buena”. Dicen además que, “tal estado propicia paz interior, un enfoque del medio positivo, al mismo tiempo que estimula a conquistar nuevas metas; es definida como una condición interna de satisfacción y alegría”. ¿Lo entiende joven? Calle, calle y escuche, no ponga esa cara de bobo…ustedes los jóvenes lo saben todo. Atienda. No voy a explicarle las posturas filosóficas de Aristóteles o Platón, ni lo que significa para las religiones teístas, no, nada de eso, aunque yo particularmente me inclino más por el hedonismo de Epicuro, pero eso lo dejamos para otro día que no tenemos demasiado tiempo.

Huelga decir que a estas alturas mi libro había vuelto a mi cartera y qué se yo si por una mezcla de cortesía, curiosidad o falta de huevos para bajarme en la primera estación que llegase, ahí estaba yo, escuchando al abuelo, perdón al anciano.

—Vamos, vamos joven no se distraiga y escuche estas dos citas:

“La naturaleza de la felicidad es un círculo en el que el centro está en todas partes y la circunferencia no está en ninguna” —¿Qué le parece? Bah, déjelo…que le va a parecer, escuche esta otra:

“Raramente ocurre que una felicidad venga tan pura como para no ser templada y apaciguada por alguna mezcla de dolor” —¿Y bien?

Como podrás imaginar mi cara de idiota iba “in crescendo”, sin embargo la paciencia de mi interlocutor parecía no tener límite.

—Se ha vuelto usted a distraer joven y así no acabaremos nunca. Atento. Le he propuesto estas dos citas que espero, no ya que haya entendido, pero si al menos que le hayan hecho pensar en el tema que nos ocupa “la felicidad”, pero que digo ¿pensar? ahí está la clave.

Un vistazo al vagón, nadie mira, ahora podría aprovechar un descuido del viejo, perdón anciano, y huir, pero si, hay un pero, resulta que me pica la curiosidad, quizás vale la pena escucharle, o no. Está claro, no tengo huevos para dejarlo con la palabra en la boca, puta educación.

—Pensar eso es: “ pensar”. Mire, mire hacia aquí joven, me gusta que me miren cuando hablo. En un punto están de acuerdo todas las visiones sobre la felicidad. Partiendo de lo que le he explicado hasta el momento, cada uno de nosotros, con el fin de conseguir la felicidad, o al menos acercarse a ella, debería identificar claramente cuales son, digamos, sus ilusiones o deseos. ¿Me sigue? Pues bien, para sorpresa de muchos, quizás de todos, investigaciones a nivel mundial corroboran que más del ochenta por ciento de la población es incapaz de identificar –con una mínima claridad- sus ilusiones y deseos. ¿Usted si?

Quedan apenas diez minutos de trayecto, joder…, esta debe ser la buena obra del día, y además con preguntas de ciencia ficción a las tantas de la noche, y él ahí sigue con su cuerda…

—Escuche con atención. Desconozco si es fiable la teoría que apunta la física cuántica en cuanto a que afirma que esta vida, el universo, la naturaleza…, dicho de forma coloquial, proporciona al ser humano lo que desea, aquello en lo que piensa y anhela. Si esto es así, y teniendo en cuenta los datos de la investigación ¿es de extrañar que la gente, en general, no sea feliz? Y, olvidándonos de físicas cuánticas y mandangas, ¿qué posibilidades de encontrar el camino de la felicidad puede tener quien ni siquiera sabe que es lo que podría acercarle a ella?

Ahora si que me ha dado en la línea de flotación el puto abuelo, perdón el anciano.
—Pues nada joven, ha sido un placer, me tengo que bajar en la próxima estación, siga, siga usted así, sentado tras su ordenador, revisando expedientes, enviando mail’s de “te quiero” a desconocidos, matando marcianos…que lo de la felicidad es un tema complejo. Suerte amigo, ¡ah!, intente al menos no ser infeliz.

Joder por fin, por fin libre, ¿libre?, ahora que pienso, he dicho “pienso”…Lo dicho, si te subes al tren, aparece el puto abuelo, perdón el anciano y te hace la preguntita corre, corre por lo que pueda ser...

NOCHE ESPECIAL

Cuando entró por la puerta supe que aquella noche sería especial. Su penetrante mirada recorrió todo mi cuerpo. Me había vestido para la ocasión, tejanos ajustados, una camiseta minúscula…aunque donde su mirada se detuvo curiosamente fue en mis pies. Su desnudez sobre el parqué le atrajo poderosamente. En realidad era una indumentaria informalmente estudiada, en especial los pies desnudos sobre la madera del suelo…

A pesar de la brevedad de nuestra relación, la sensación era de un conocimiento mutuo intenso, muy intenso. Por momentos temía despertar de aquel sueño que apenas hacía unas semanas había comenzado. Raúl era tierno, dulce, pausado, era el día con sus rayos de sol … yo la noche con sus tinieblas, sus oscuridades, sus miedos. En estas pocas semanas mi vida había tomado un nuevo rumbo hacia la paz, la serenidad, la calma. Y sabía que esta noche sucedería.

Me besó intensamente, sin apenas darme tiempo a cerrar la puerta, sus gruesos labios se apoderaron de mi boca con una suavidad salvaje. Acaricié sus ondulados cabellos por detrás de la nuca mientras me aferraba a su cuerpo. El fuego de la chimenea nos recibió en el salón y caímos sobre la alfombra absolutamente entregados.

Como retando a la cuarentena que nos acechaba a ambos, nos besamos y acariciamos como dos adolescentes, con la pasión con que aman los amantes, ocultos, furtivos, prohibidos…Lentamente fuimos descubriendo la desnudez de nuestros cuerpos y fundiéndonos en un solo ser.

Deliberadamente me situé sobre él, le besé con ternura y con lentitud, fui deslizando mis labios por su pecho, su ombligo, como en mis sueños, hasta llegar a mi objetivo, erguido, desafiante, lo tomé con una de mis manos mientras la otra acariciaba. apenas con las yemas de los dedos, la parte interna de sus muslos. Gimió intensamente. Paseé infinitamente la punta de mi húmeda lengua por aquel miembro que tantas veces había adivinado en mi imaginación. Su respiración se agitaba mientras apretaba con fuerza la base de mi conquista. Lentamente la tomé entre mis labios y suavemente la fui introduciendo en mi boca mientras mi lengua la recorría con movimientos serpenteantes. Su respiración se hacía cada vez más intensa, las convulsiones de aquel miembro me excitaban hasta tal punto que hubiese entregado el alma al diablo con tal de que aquel momento no acabara nunca, era fuerte, fuerte… y sumamente suave...

Consciente de que en segundos un torrente brotaría irremediablemente, Raúl me apartó con la delicadeza que él y sólo él es capaz de transmitir, apretó casi con violencia el objeto de mi deseo y respiró hondo. Me besó dulcemente y entonces fui yo quien se dejó caer sobre la alfombra, junto al fuego, que vivo, alumbraba lo irremediable. Besó, acarició, lamió cada poro de mi piel, suavemente, a momentos de forma desesperante, hasta llegar al punto de su conquista. Ahí se detuvo, lo besó una y mil veces, lo humedeció muy lentamente y fue introduciendo su lengua mientras mi cabeza se arqueaba haciendo una lasciva sombra con el fuego. Mientras sus labios y su lengua me enloquecían, sus dedos, primero uno, después dos…iniciaron un delirante baile en mi interior camino hacia la locura. Entre nubes noté como se incorporaba y acercaba apenas su cima hacia mi, quedamente conquistó mi interior, sentí como se apoderaba de mi un desesperante deseo de tenerlo todo…intenté atraerlo hacia mi… fue entonces cuando sus embates nos llevaron a la cresta, a la cúspide, al cenit.

Vencidos, nos abrazamos junto al calor de la chimenea mientras nos mirábamos sin necesidad de decir nada. Raúl acariciaba mi incipiente barba, con mi mirada fija en su mirada me preguntaba si acaso mi esposa podría llegar a entenderlo.

martes, 6 de julio de 2010

Y EL AMOR QUEDA

Cuando ella se va
y el amor queda
versa el poeta:
“la moneda calló por
el lado de la soledad”

Las nubes negras se agolpan,
la vela se apaga,
el calor hiela,
se abren profundos precipicios,
y tú amor, sigues aquí
pero ella no.

Cuando ella se va
y el amor queda

La profunda presión oprime el pecho,
y ya no quedan lágrimas,
lágrimas que rieguen el maldito amor que sigue aquí,
pero ella no.

Sentir el desamor, dura prueba ésta en el camino,
sufrir en el amor, cruel destino.

Cuando ella se va
y el amor queda

¿Qué diablos haces aquí amor si ella se fue?
¡Márchate por Dios!
Pero antes oye bien lo que te digo:
Crees como sentimiento tu jugar conmigo,
hacer sufrir te suena victorioso,
y sin embargo ahí está tu error,
y tu miseria,
porque aunque hoy marchó, ya para siempre,
me ha revelado en el amar que me ha brindado,
que la felicidad,
no era tan sólo una utopía,
esa felicidad, yo te aseguro
ni tú amor, ni el desamor robar podréis
y es por eso que grito mi alegría
esa felicidad, aunque pasó
será, allá en la eternidad…
por siempre mía.

Cuando ella se va
y el amor queda

viernes, 30 de abril de 2010

C'EST LA VIE

CAPITULO I
No debía haber venido —se dijo a sí misma. En ese instante Carlos se levantó de la mesa y se dirigió hacia la cocina brindándole una confidente mirada.
¡Por Dios Emma! ¡Levántate de la mesa y márchate antes de que sea demasiado tarde! —repetía en su interior. Pero sus piernas no obedecían a la razón, eran presa de quién sabe si el corazón o la pasión. No era propio de una cuarentona casada y con niños estar sentada en la mesa del apartamento de un compañero de trabajo, pero, ¿qué había de malo en ello?
Probablemente todo eran fantasías suyas. Carlos era un tipo especial. Un hombre de treinta y muchos, digamos que…del montón, con una media melena morena y muy, muy delgado. Pero lo importante no era su aspecto, lo importante eran su sencillez, su sensibilidad. Eso era lo que lo hacía especial. Sus conversaciones con él eran distintas. Eran casi como …“de mujer a mujer” —pensó. La entendía, la comprendía, la animaba, le hacía reir y nunca había tenido con él la sensación de que la acorralaba. Había visto en sus ojos, o había querido ver, como él la deseaba. ¿O era su deseo la que le hacía ver todo eso?
Su vida era una vida…feliz. Su marido era una estupenda persona al que sin duda quería con el alma; un tipo guapo, exitoso profesionalmente, y al que más de cuatro mujeres quisieran tener junto a ellas. Entregado por completo a su esposa y sus pequeños y sin embargo…Sin embargo Emma se sentía sola. No sola de compañía, sola de atención, de comprensión, de…Muchos días, recordaba con nostalgia, como él la había hecho sentir una princesa y ahora…
Emma, a sus cuarenta y…había empezado a sentir, casi de forma obsesiva, la necesidad de aprovechar la vida, de vivir la vida, de sentir la vida. Quizás, aquel episodio en que —aunque él lo negase—, Javier, su marido, tuviese aquel lío de faldas durante un viaje a Madrid, la había llevado a esta convicción, quizás...
Sin ser una top model, resultaba aún muy atractiva. Las continuas insinuaciones y alabanzas de amigos y compañeros de trabajo no hacían más que corroborarlo. De altura media, su melena rubia, sus acaramelados ojos y unos pechos desafiantes, no dejaban indiferente a casi nadie. Y su sonrisa, Emma siempre sonreía.
—¿Te gusta el chocolate verdad? —preguntó Carlos desde la cocina.
—¿Cómo…? Sí, si ..claro! —respondió Emma, como despertando de sus pensamientos. —No pasa nada Emma —se dijo a sí misma. —Un compañero de trabajo, con el que tienes una relación cordial, te invita a comer a su casa un viernes porque tú le has dicho que no tenías tiempo de ir a tu casa y volver al centro después a hacer unos encargos…lo más inocente del mundo. Carlos vive cerca del despacho y “sólo” has venido a comer y después te marcharás tranquilamente… Sirviéndose una copa de aquel buenísimo vino blanco intentó relajarse.
Carlos apareció de nuevo con una bandeja en el que se adivinaba una especie de bizcocho regado con chocolate caliente. El olor del chocolate inundó las sensaciones de Emma.
—La magia de este postre viene ahora —afirmó Carlos mirándola fijamente a los ojos.
—¿Magia? —preguntó Emma, entre curiosa e inquieta.
—Ja, ja, ja —rió Carlos. —Verás —dijo descorchando una botella que había traído junto al postre. —Se trata de una receta muy antigua, del norte, el bizcocho regado con el chocolate tiene una textura más bien seca, así que de lo que se trata es de tomarlo a la vez con este compuesto de hierbas que le da un toque especial.
—¿Pero…tendrá mucho alcohol, no? —preguntó Emma mientras lo miraba y sentía un irrefrenable deseo de abalanzarse sobre aquel tipo que siempre la hacía sentir como una reina. “Sentir” claro, esa era la palabra, durante toda la comida ella le había hablado de mil cosas y “sentía” que a él le importaban, “sentir”…
—¡Que va! —afirmó Carlos. De una forma casi instintiva, Carlos puso su dedo índice en el vasito en que había depositado el líquido y alzando la mano a la altura de la boca de Emma le dijo: —Toma prueba, ¿no me crees? Ja, ja, ja, ¿piensas que quiero emborracharte o qué?
Debo estar volviéndome loca —se dijo. Casi sin pensar Emma acercó su húmeda lengua al dedo de Carlos y probó tímidamente.
—Tenías razón, está bueno. ¿Así que no quieres emborracharme, no?
En ese instante Carlos la miró fijamente a los ojos, se levantó, se dirigió hacia ella y poniéndose a su espalda la cogió por los hombros. Ella notó como su aliento se acercaba a su cuello…La besó suavemente justo por debajo del lóbulo de su oreja, mientras sus manos acariciaban sus hombros y su cuello. Ella gritó hacia su interior. Un escalofrío le recorrió de abajo arriba la espalda cuando Carlos empezó a dar leves mordiscos alrededor de su cuello. Notó como sus pezones se endurecían como nunca lo habían hecho. Mientras seguía recorriendo su cuello con labios, dientes y lengua, Carlos deslizó una de sus manos entre sus pechos. El corazón le latía deprisa. Notó como aquella mano le acariciaba suavemente como una pluma primero, con energía después. Sin dejar de acariciarla Carlos hizo que se levantase y girándola hacia él la besó suavemente abrazándola fuertemente. En segundos sus labios y sus lenguas iniciaron un armonioso ritual que fue convirtiéndose en salvaje. Emma recorrió con sus manos la espalda de Carlos, con fuerza; sintió en el chocar de sus cuerpos toda la encendida virilidad de Carlos. Sin dejar de acariciarse, besarse, lamerse…se desnudaron, muy lentamente, eternamente. Emma se dejó caer suavemente en el amplio sofá tras la mesa. Carlos la siguió. Los rayos del sol de media tarde dibujaban la silueta de Carlos haciéndolo aún mas deseado. Situándose sobre ella, Carlos comenzó a lamer el cuerpo de Emma, mientras sus manos le sujetaban con fuerza por detrás de sus muslos. Poco a poco Carlos fue recorriendo con miles de pequeños besos primero los pechos, después el ombligo…Emma sentía como aquella boca la hacía estallar en mil pedazos, en millones de pedazos. Durante unos segundos se mantuvo absolutamente inmóvil, extasiada, sin necesidad alguna de bajar a la realidad. Carlos se tumbó junto a ella y empezó a acariciar suavemente su cabellera rubia, ella le miró sin verle… Fueron segundos, minutos o horas quizás las que Emma sintió esa sensación, no estaba sola… “sentía”. Se giró hacia Carlos, llevó con suma delicadeza una de sus manos hacia abajo y empezó a acariciar con suavidad el miembro que se le ofrecía arrogante, Carlos suspiró con fuerza apretándola contra él; Emma sintió como un torrente se apoderaba de ella, de nuevo su respiración se aceleraba, apartó su mano y manteniendo sus pechos deliberadamente a la altura de los labios de Carlos, se sentó literalmente sobre “él”. Ambos volaron apenas unos segundos, gritaron, sus cuerpos formaron un tenso arco justo antes de una explosión inenarrable, breve, apocalíptica…


CAPITULO II

Viernes, casi las nueve de la noche cuando Emma, con los nervios a punto de hacer estallar su cerebro en pedazos, entraba por la puerta de su casa. Al fondo del pasillo Javier, su marido, gritaba con Manel, el mayor de sus dos hijos, mientras el pequeño, Roger, lloraba.

—¡Manel!, con casi trece años deberías entender que tu hermano hay cosas que aún no comprende, ¿no crees?
—¡Estoy harto de ese enano!
—¡No le vuelvas a llamar enano!
—¡Es un imbécil! ¡No hace más que incordiarme!
—¡A tu cuarto ahora mismo!
—Pero…
—¡Manel, he dicho que a tu cuarto!
—¡Me cago en…—refunfuñó Manel por lo bajo.
—¿Qué has dicho?
—¡Nada! —contestó Manel tomando el camino hacia su cuarto y encontrándose de frente con Emma.
—¿Qué pasa? —preguntó Emma en tono conciliador abrazando a Manel.
—¡Eso es! —replicó Javier mientras cogía al pequeño Roger en brazos—¡Tú mímalo! ¡Después de que él no para de joder a su hermano!
—Vete a tu cuarto, ahora vendré —le susurró Emma a Manel. —Buenas noches cariño —prosiguió Emma dirigiéndose a Javier —Ya sabes como son los dos, sabes que Roger no es precisamente un santo…
Durante varios minutos, que a Emma le parecieron días, Javier insistió en que la educación de los niños era algo muy serio y que Manel debía entender que como mayor tenía que tener más paciencia con su hermano, y que…y que…El rumor de las afirmaciones de Javier seguían persiguiéndola mientras ella se dirigía hacia su dormitorio con una sola frase en su cerebro: ¿Cómo ha podido sucederme algo así?
—¿Te pasa algo? ¿Me estás escuchando? —le preguntó Javier con tono de reproche.
—No…no…no pasa nada, he tenido un día terrible en el trabajo y tengo un dolor de cabeza tremendo…Me voy a dar una ducha.
—¡Pues anda que yo! ¡Sólo me faltaban estos dos monstruos esta tarde! —replicó Javier. —Me arreglo y me marcho, ¿recuerdas que hoy tengo la cena del tenis verdad?
—Si…si claro…
Las sensaciones se agolpaban. Por un momento pensó que todo lo que recordaba de la tarde quizás no era más que una mala pasada de su mente. Sentada al borde de la bañera, sentía como su corazón se aceleraba.
Desde que había salido de casa de Carlos, sobre las seis, y durante casi dos horas, había estado en la cafetería del centro comercial reprochándose su acción y preparándose por si Javier notaba “algo”. Se había mirado mil veces en el espejo, eliminando, casi centímetro a centímetro, cualquier rastro que delatara su aventura. Se había maquillado y desmaquillado. Había examinado su ropa con la precisión del más audaz de los detectives. Lo había borrado todo. Todo excepto la imagen de Carlos en su cuello, en sus pechos, en su vientre…Todo excepto aquel nudo que le oprimía la garganta y amenazaba con hacerla estallar en cualquier momento.
Tras una ducha rápida, recogió toda la ropa y la puso a lavar casi con la cautela de quién traslada un cadáver. Después de despedirse de Javier pidió una pizza para cenar con los niños y una vez acostados se estiró en el sofá. De pronto sonó el móvil.
—¡Carlos, por Dios!, ¿ cómo se te ocurre llamarme a estas horas?
—Perdona, pero es que me he marchado de casa poco después que tú y me he olvidado el móvil; ahora he visto que tenía varías llamadas tuyas…
—Si, si, te he llamado porque quería decirte que…bueno que…en realidad esta tarde no ha pasado nada.
—Ah, si…claro, no ha pasado nada —contestó Carlos entristecido y disminuyendo el tono de su voz.
—Quiero que lo entiendas Carlos, no quiero que nos equivoquemos, es mejor así.
—De acuerdo Emma, si es lo quieres…
—Discúlpame Carlos, no estoy en mi mejor época, y esta tarde me he dejado llevar por la sinrazón. Soy una mujer felizmente casada y no sé bien que me ha sucedido, en cualquier caso gracias por entenderme. Por cierto, ha debido ser un tu casa que he perdido un pendiente, no tendría más importancia pero hace apenas una semana que me los regaló mi marido y…
—No he visto nada —contestó Carlos en un tono de voz aún menor que el anterior- pero no te preocupes, si lo encuentro el lunes te lo llevo al despacho.
—Gracias Carlos, buenas noches.
—Buenas noches Emma, un beso.

Después de colgar Carlos se llevó las manos a la cabeza. Durante toda la tarde había estado luchando entre un infernal sentimiento de culpa y una ilusión de quinceañero que ahora, Emma, con dos frases había destrozado literalmente. Nunca debí fijarme en ella —pensó—. ¿Pero acaso somos capaces de controlar el mundo? ¿Sentía ella más de lo que decía y sin embargo lo negaba? ¿Una mujer tan felizmente casada se entrega con la pasión que ella lo había hecho? —su cerebro se enzarzaba en una telaraña de preguntas sin respuesta y además le reprochaba:—“Apenas hace seis meses de la muerte de Olga y tú ya andas con otra”—“¡Olga era la mujer de mi vida pero murió! ¿acaso debo morir yo en vida? —se contestaba en gritos interiores—. Se dejó caer hacia atrás en el sofá, como intentando mitigar las sensaciones. Recordó a Olga, un noviazgo fugaz con trágico final. La conoció en París, el verano pasado. Todo fue muy rápido, se amaron hasta el alma; un alma sola eran; un alma que les duró apenas un año. Ella en París, el aquí, y un amor loco de ida y vuelta. Ilusiones truncadas victoria del tumor. Sueños rotos. Dolor. Macabra la vida. Ni siquiera le dio el tumor la oportunidad de que los padres de Carlos la vieran sonreir. Conocer a alguien el día de su funeral, sin palabras, victoria del tumor. Y ahora Emma. Seis meses después. ¡Sólo seis malditos meses después! Pero en realidad Carlos —se intentó grabar a fuego en el cerebro— “esta tarde no ha pasado nada”. Dos hilos de lágrimas recorrieron sus mejillas, agachó levemente la cabeza, abrió su mano izquierda, clavó fijamente su mirada sobre la blanca perla de aquel pendiente.



CAPITULO III

“Esta tarde no ha pasado nada”. Emma se aferró a esa idea como quien cierra los ojos con fuerza para anular una insoportable visión. Debía intentar dormir. Dormir, olvidar. Javier volvería tarde de la cena del tenis; esas cenas siempre acababan tarde y con alguna copa de más. Mañana sábado lo vería todo más claro, menos sombrío. Una voz, llegada quizás del mismo infierno, le recordó todo lo que había “sentido” con Carlos. Un remolino le removió las entrañas. La propia tensión la llevó allí donde nacen, y mueren, las pesadillas.
Entre sueños Emma notó como una mano se deslizaba suavemente por su espalda. Encogió el cuello hacia atrás en un escalofrío mientras Javier, su marido, le susurraba un “amor mío” al oído; la mano resbalaba hacia sus muslos delicadamente. Boca abajo, sintió el calor de los labios de él en su nuca. Entre caricias se fue despertando. Javier la giró suavemente y empezó a mordisquear suavemente sus pechos, su escote, arqueó su cuerpo, excitada buscó su boca y lo besó dulcemente primero, con fuerza después. Ambos se abrazaron y unieron, primero sus labios, después sus lenguas…Durante unos minutos sus dedos, sus manos, sus … dibujaron y recorrieron como fuego todos los rincones de sus cuerpos. Los alientos hirviendo como lava. Emma se hundió entre las piernas de Javier, él suspiraba, volaba. Con los ojos cerrados y absolutamente entregado a su diosa, acarició suavemente la melena rubia de Emma, que sentía como la respiración de Javier se sincronizaba con breves y enérgicos movimientos de cadera, vencido a sus caricias. Apretando con fuerza el miembro de Javier, subió serpenteando con su lengua hasta encontrar su boca, …le inundó con su lengua. —“Emma”— susurró Javier dejándola caer suavemente a un lado; se situó sobre ella, sus fuegos se aproximaron deseosos, se unieron con fuerza en un océano de olas de ida y vuelta…, Emma apretó fuerte sus manos a las caderas de Javier, como temiendo su retirada; Javier tomó con energía los muslos de Emma y lanzó toda su furia mientras veía como los ojos de Emma se perdían en la noche de los tiempos; el ardor se detuvo a contemplarlos …y un trueno los envolvió elevándolos por encima de sus propios cuerpos; …abatidos, sudorosos, extenuados, con la calma que sucede a la tempestad, se abrazaron, como el pétalo se abraza con la rosa.

—Te quiero como a mi vida Emma.
—Y yo a ti mi amor.

En pocos minutos Javier se sumió en un dulce sueño, mientras, Emma naufragaba a solas en su propio llanto. Y aquel pendiente…

CAPITULO IV

El sábado despertó misterioso. Las notas de una mágica canción, “Sharing the night together” de Dr. Hook, sonaban en el despertador. Eran las nueve de la mañana. Comprobó que Javier dormía plácidamente y se apresuró a parar la música a pesar de que aquella melodía le apasionaba.
En un vistazo rápido a la habitación comprobó como el tono pálido de la pared que tanto había lucido un par de años atrás, era realmente un pálido agotado; las cortinas quizás ya no colgaban, caían; la lámpara no iluminaba, deslumbraba…
“Anoche quisiste dormir para olvidar y te despiertas con más grises que blancos.” —Emma necesitas un café largo —pensó —y como por inercia puso rumbo a la cocina.
El día transcurrió como transcurren aquellos días en los que la vida es algo que se ve desde la platea. Emma intentó hacer una vida familiar “digamos” que normal, con aquellas cosas que hace una familia corriente un sábado. “Con aquellas malditas cosas repetidas de cada sábado” —pensó sin querer pensar. Las imágenes del día anterior iban y venían como potros sin control. De repente, al mirar a Javier, se imaginaba como encolerizado apresaba a los pequeños y corría gritando como un demente mientras ella los perseguía sin poder darles alcance.
“Anoche parecías otra cariño, has aprendido mucho últimamente…” le había susurrado lascivamente Javier hacia unos segundos. Su cerebro rememoraba las escenas de la noche anterior y le recordaba quien era el hombre al que ella veía durante todo aquel encuentro con su marido. Sintió como un latigazo recorría su espalda.
Una llamada al móvil la sacó de la pesadilla en la que llevaba todo el día sumergida.
—¡Emma!
—¿Qué dices Carlota?
—Bien ¿qué hacéis?
—Tú dirás…aquí de sofá, con Javier y los críos, después de comer…con ese sueño…
—Ya veo que como yo, ¡follando como una loca en la siesta del sábado! —gritó Carlota, al otro lado del teléfono, soltando una carcajada burlesca.
—Qué bruta eres, ¿estás sola verdad?
—Sola, sola…lo que se dice sola…—siguió divertida —Oscar ha ido a casa de su madre y yo aquí con mi amigo…¡a pilas! —volvió a gritar sin parar de reir.
—No cambiarás nunca joder. Y qué, ¿acaso me llamas para darme envidia?
—¡Claro! —prosiguió Carlota en el mismo tono. —Oye que no, ahora en serio, he hablado con Laura y hemos quedado para ir a cenar y después a tomar algo, por supuesto “sin mariditos” —haciendo servir un malévolo tono —¿Te apuntas?
—Creo que no estoy de humor…
—Eres una mustia, o es que tu amorcito¿no te deja, eh?
—Espera un momento boba. Javier — preguntó Emma dirigiéndose a su marido. —es Carlota, han quedado para cenar y me llama para que vaya, ¿qué te parece?
—Que peligro tiene la Carlotita esta —replicó Javier
—¡Javier que te va a oir! ¿Bueno qué, qué dices?
—Si mujer si, hacer lo que queráis, ¡al final lo vais a hacer igual!
—Está bien Carlota, ¿cómo quedamos?
—¡Bien por la mojigata! A las nueve en Granss ¿ok?
—Ok marquesa, hasta luego.

Ocho de la tarde. Desnuda, sentada frente al espejo. De fondo “Que tinguem sort” de LLuís LLach. Tras una ducha caliente que no ha conseguido sino hacer hervir más su mente, crema para suavizar la piel pero no los sentimientos, de nuevo un relámpago inunda su pensamiento, aquel pendiente…


Granss. Diez y media de la noche.

—Ya está, ya lo he soltado, no sé si lo queríais saber pero es lo que hay, y no hace falta que pongáis esa cara. —afirmó con rotundidad Emma.
—Vaya telita con la señora seria —replicó Carlota, acomodándose su larga melena morena y ajustándose su tremendo escote —unas llevamos la fama y otras…—remató cogiendo la copa de vino y llevándosela a la boca mientras movía sibilinamente la punta de la lengua.
—¿Y ahora que vas a hacer? —preguntó con candidez Laura, planchando con una mano una ligera arruga en su falda, y apartando de forma, entre coqueta e infantil, los rizos castaños que le tapaban sus pequeños y felinos ojos verdes.
—¿Que qué voy a hacer? Y yo qué sé —contestó Emma llevándose las manos a la cara y bajando el tono de voz infinitamente. —Yo quiero a Javier..
—¿Cómo que qué va a hacer? —dijo Carlota entrando de nuevo en escena. —De momento callar. No pretenderás que se lo diga a su marido ¿no? —preguntó mirando fijamente a Laura.
—No sé…pero creo que si está arrepentida quizás si se lo debería contar a Javier, él la quiere y seguro que la perdona.
—¡No te enteras de nada Laura! —replicó Carlota alzando los brazos en dirección a ella. ¿Qué coño va a tener que explicar? Si decide dejarlo todo por ese “maravilloso Carlos” ya veremos pero si no ¿para qué? ¿Para que la perdone? Que se perdone ella y en paz.
—Así que según tu Laura —continuó Emma pausadamente —debería decírselo a mi marido, ¿me puedes decir porqué?
—Creo que por una cuestión de honestidad, si no lo haces darás por sentado que la mentira forma parte de vuestra relación—contestó Laura a la vez que Carlota la miraba y señalando con el dedo índice su propia cabeza hacía ademán de que estaba totalmente loca.
—Emma y Laura, me vais a perdonar las dos —indicó Carlota ajustándose de nuevo el pronunciado escote —parece que el argumento de Laura va en defensa de la honestidad y por deducción de la “fidelidad”, bendita palabra. Responderme las dos, cuando os masturbáis, ¡si joder no pongáis esa cara! ¿pensáis en vuestros mariditos? —preguntó en un tono grotesco. —Veo que no tenéis ganas de contestar…¿y eso no es ser infiel? Porque, pregunto, si mientras estás allí “que te sales del calentón” y “dale que te pego”, apareciese ¡escucharme bien! el tipo que te estás imaginando bufffffff, quien de nosotras sería capaz de decir ¡atrás Satán! ¿quién?
—Eres increíble Carlota —le reprochó Laura.
—Ya, yo soy increíble, y tú eres una ingenua y esta una boba —replicó Carlota mirando a Emma. —Si efectivamente queremos creer en la fidelidad es porque queremos que nos sean fieles y eso nos obliga –al menos físicamente- a mantenernos apartadas de las “tentaciones”. Hasta ahí bien, “él que no toque a otra y yo no toco a otro” y felices, porque que creéis ¿que yo no amo con locura a Oscar? Pues sí, lo quiero hasta los huesos y ese es el pacto no escrito, “el no toca y yo no toco”, pero no me diréis que el camarero ese rubito no tiene un culín como para perder el oremus ¿no?. Así que Emma si sólo es un polvo, hazme caso y cállate.
Después del casi monólogo de Carlota las tres amigas se miraron fijamente y a continuación empezaron a reir mientras dirigían sus miradas hacia el “culín” del camarero rubito.
—Es un planteamiento razonable —comentó Emma interrumpiendo el espectáculo —además si hablamos de mentiras…podríamos decir que fingir un orgasmo también es mentir ¿no?
—¿Fingir un orgasmo? —espetó Laura con cara de sorpresa.
—No te digo siempre Laura, te digo alguna vez —aclaró Emma.
—¡No te digo yo que vive en otro planeta! —objetó de nuevo Carlota levantando las manos hacia el cielo como en señal de súplica. —Ahora no le digas que su marido “se toca”—prosiguió Carlota con un gesto inequívoco con su mano derecha — mientras mira películas porno y que no piensa precisamente en ella porque igual le da un” telele”.
—¡Carlota por favor! —le reprochó Emma.
—Déjala que diga Emma, en el fondo tiene razón, soy una ingenua. En cualquier caso creo en el amor y entiendo que los instintos nos puedan digamos que “invitar” a estar con otras personas que nos atraen físicamente. Yo si me veo capaz de gritar “atrás Satán”.
—Ayer —interrumpió Emma —pasó algo más de lo que os he contado…
Laura y Carlota le dirigieron una mirada con el alma en un hilo…
—Carlos me ha enviado varios mensajes durante todo el día en un tono muy tierno…creo que se está enamorando.
—¿Sólo lo crees? —replicó Carlota —mirándola fijamente y dando a su pregunta un tono de incredulidad —¿Y qué has hecho tú?, ¿que le has contestado? ¿No estarás enamorándote también?
Emma miró primero a Laura, después a Carlota. Bajó la vista pensativa. —No sé que está pasando, os lo juro…justo antes de salir de casa he recibido el último de sus mensajes y le he contestado con uno que literalmente decía “déjame en paz por favor”.
—¿Y? —preguntó Laura con la candidez que la caracterizaba.
En ese preciso instante un sonido agudo hizo que Emma sintiese como un helor en la sangre. Comprobó con temor como Carlos le remitía un nuevo mensaje. Con el alma encogida se dispuso a abrirlo.
“Querida Emma, parece que definitivamente no quieres saber nada de mi, debí imaginarme que no era para ti más que un juguete que podías romper a tu antojo. Supongo que a tu marido le interesará saber porqué tu precioso pendiente está aquí, junto a mi almohada”.
Los focos de la zona restaurant de Granss se hicieron más tenues mientras se iluminaba levemente la franja destinada a pub, las notas de “On Broadway” de Georges Benson sonaban de fondo.

CAPITULO V

Domingo, once de la noche.

Emma enciende una cigarrillo mientras sus ojos se pierden en el infinito bosque en que se convierte el fondo frondoso de su pequeño jardín

Lejana, la banda sonora de “Amelie”. La luna, serena, escucha atentamente sus pensamientos.

El pasado viernes viví un sueño, durante algunos momentos de este fin de semana acaso una pesadilla.
No ha sido fácil tomar una decisión. La pregunta clave era saber si me estaba enamorando de “él”, o de lo que “sentía con él”. La respuesta ha aparecido como aparece el alba. No en vano “sentir” es el fin último en esta vida. Y con él “siento”, “vibro”, “estallo”, “vivo”… la diferencia, y ahí está para mi la respuesta es que, las sensaciones son “con él”, luego no están en “él”, porque, probablemente, no estén en nadie sino en nosotros mismos.
Acabamos de hablar y le he perdonado su ataque de pánico. Mañana me entregará el pendiente. En los próximos días, meses, años quizás… nos entregaremos en cuerpo y alma de forma esporádica, furtivamente, en secreto… Intentando que el fuego no se apague, o al menos que su llama muera de forma más pausada…
¿Cuánto tiempo duraría la magia si huyera con él al fin del mundo?
¿Cuánto tiempo tardaría yo como princesa en perder el interés por ese príncipe?
Al fin y al cabo yo también tenía un príncipe y ahora…
Por otro lado está la gran diferencia entre la mujer y la madre. La mujer puede volverse loca y escalar los muros de la pasión hasta conquistar su cima, pero la madre… La madre tiene otros muros que conquistar, muros inexpugnables. En ocasiones, en muchas ocasiones, la condición de madre castra la libertad de la mujer que lleva dentro. Como mujer soy libre, como madre no. C’est la vie, y como versa la letra de aquella canción de Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.
Este es uno de los posibles finales para esta triste historia, y el único que yo, como mujer, me atrevo a vivir.
Perhaps love, versionada por John Denver sonaba de fondo cuando Javier, saliendo al jardín, susurró cariñosamente a Emma:
—“¿Baila princesa?”

lunes, 26 de abril de 2010

DESPERTAR

UN SUEÑO



Robert se despertó de repente. Al abrir los ojos sólo oscuridad. Una sensación de frío intenso recorrió su alma.

¿Un sueño?

El pánico se apoderó de él cuando intentó moverse. Sus extremidades no respondían, ni brazos, ni piernas… Inexplicablemente se había despertado boca arriba, y él nunca dormía en esa posición. Intentó serenarse y salir de aquella maldita pesadilla. De repente ante sus ojos se hizo luz. Un rectángulo del tamaño de una fotografía ,con un reflejo cristal le dejaba ver lo que después de varios segundos de ceguera le pareció el techo de su habitación. Sin duda era su habitación. Los grabados del techo eran inconfundibles.

Poco a poco, como ordenados, por aquella especie de cuadro fue viendo pasar las caras de su mujer primero, su madre después, sus hermanos... Intentó gritar pero la voz sólo fluía hacia su propio interior. –¡Despiértate por Dios! – se gritó a sí mismo al borde de la enajenación.

Y de nuevo la oscuridad. Notó como una especie de balanceo. Quizás se estaba despertando, quizás…


A pocos kilómetros de allí, como si de una macabra paradoja se tratase, un eminente catedrático se disponía a empezar su clase .

-Buenos días señores. Hoy hablaremos de la catalepsia. Un estado biológico en el cual la persona yace inmóvil, sin signos vitales, cuando en realidad se halla en estado consciente. En ciertos casos el individuo se encuentra en un vago estado de conciencia, mientras que en otros pueden ver y oir a la perfección todo lo que sucede a su alrededor. En gran número de casos, este estado lleva a creer que la persona que padece un ataque de catalepsia ha fallecido. Se desconocen las causas…

PAYASO

EL ESPECTACULO DEBE CONTINUAR

Ronie salió a la gran pista del circo. Aquella pista era su vida, casi cincuenta años creando ilusiones y risas en aquel escenario. Junto a él su inseparable Owen, con aquellos zapatones inmensos que tantas y tantas veces habían hecho tropezar a Ronie provocando las carcajadas de niños y mayores. Tras diez minutos de despropósito absoluto y de verdaderos ataques de risa por parte del público, Owen intuyó que ésta podría ser la última gran actuación de Ronie. Después del último tropezón con sus grandes zapatones no tuvo más remedio que ayudar a Ronie a incorporarse. Ambos intercambiaron una mirada mezcla de dolor y confidencia; tras esa mirada se adivinaba un código no escrito, “el público no debe saber nunca que el payaso llora”.


–Mírame Ronie, soy Owen. Mírame amor mío. No debí dejarte salir esta tarde, quizás la última tarde… Tu mirada me lo dice todo. No te preocupes…recuerdo nuestro código:”el público no debe saber nunca que el payaso llora”. Desde que te detectaron esa maldita enfermedad…no llores por favor, aunque fíjate, el público ríe cada vez más.

Ronie volvió a caer varias veces más. Incluso sentado en su silla roja de topos verdes cayó como un muñeco de trapo. Owen siguió con el número circense incorporando aquella especie de ciclomotor con tubo de escape de mil explosiones. Ronie seguía sentado en su magnífica silla roja de topos verdes disparando a Owen con aquella pistola de chorros de tinta.


–La vista se me nubla y las piernas tiemblan. Ya no soy el Ronie de las grandes tardes de circo. Incluso mis niños de ayer son hoy mayores... No sufras Owen, no sufras amor. Siento como esta maldita enfermedad me aparta cada día más de la pista, de mi público y de ti. Tantas tardes maravillosas, tantos tropezones con tus enormes zapatones, esa silla roja de topos verdes…No sufras Owen, mi llanto es su risa y su risa mi vida. Mi querida Owen, increíble como payaso y aún mejor como esposa. Siento en tu mirada nuestro código. El espectáculo debe continuar.

MAMA

A MI NO ME GUSTA QUE MAMÁ LLORE

¡Bien! ¡Hoy me voy del hospital!

He estado muchos días, mamá dice que meses. Mamá también lo ha pasado mal, muy mal. Ha llorado mucho. A mi no me gusta que mamá llore.

No me acuerdo bien…pero me parece que la primera vez que oí llorar a mamá fue aquel día al volver conmigo del médico; hablaba por teléfono, creo que con la abuela, le contaba cosas que no entendí bien, pero creo que hablaba de mí. Yo no quiero que mamá llore por mi.

Pero lo mejor es que ahora ya no tengo que volver; puede que algún día, pero sólo de visita. Me gustaría volver para ver a mis amigos, como hizo Pol el día de su cumple; vino sólo ese día para hacer una fiesta con muchos globos y chuches, porque él ahora ya puede comer chuches. ¡Que bien lo pasamos aquel día!. Y eso que yo, con el tubo de la garganta casi no pude comer chuches.

Ahora no sé si podré comer chuches, pero no me importa, a mi lo que más me gusta es el chocolate. Antes de estar en el hospital, mamá muchos días me dejaba comer chocolate. Pero después, Miriam, la médica, reñía mucho a mamá si me daba aunque sólo fuera un poquito. A mi no me gusta Miriam. Cuando viene a verme siempre apunta cosas en su libreta. Miriam me da miedo. Bueno ella no, pero es que a veces viene y me pincha. A mi no me gusta que me pinchen.

Me gustaría volver para ver a Rosa y a Clara. Rosa y Clara son las mejores enfermeras del mundo. Me quieren mucho. Yo también las quiero mucho. Muchas veces, después de vomitar mucho rato, me dan besos y me hacen un masaje en la barriga. A mamá también le dan besos, porque mamá llora. A mi no me gusta que mamá llore.

Rosa y Clara son muy divertidas. Alguna vez, cuando se me empezó a caer el pelo, me ponían una fregona en la cabeza y nos reíamos un montón. Mamá también se reía. A mi me gusta que mamá se ría.

Hoy también está papá, tenía ganas de verlo. Al hospital ha venido algún día a verme. Siempre me llama por teléfono. Me llama “campeón”. Mamá dice que vive lejos y que por eso viene poco; a mi me parece que esa novia nueva no le deja venir a verme. No me gusta esa novia nueva.

Hace días que no viene mi abuela. Mamá me ha dicho que está un poco enferma y que por eso no viene. Seguro que está muy enferma y mamá no me lo dice, porque antes venía cada día y ahora no. Podría llamarme por teléfono como papá, ¿no?. Le dije un día a mamá que, si estaba enferma, porqué no venía al hospital conmigo; pero mamá dice que el hospital de niños es sólo para niños. Yo pensaba que ella estaría más contenta si estaba aquí, conmigo, pero ya no se lo digo a mamá porque entonces ella se pone triste. A mi no me gusta que mamá esté triste.

Ayer, cuando me dijeron que hoy me marchaba me puse muy contento. En cuanto llegó mamá se lo dije. ¡No se lo creía!. ¡Me lo ha dicho la señora de blanco mamá!, pero nada, que no se lo creía.

¿Ves como no lo había soñado mamá? ¡Aquí está la señora de blanco que te decía!

Todo está lleno de flores.

Ya no me duele nada mamá.

No me gusta ese vestido negro que se ha puesto hoy mamá.

A mi no me gusta que mamá llore.

POR AMOR

POR AMOR

Tumbados en la cama, con las últimas olas de un orgasmo furtivo, se abrazaron, él le susurró un “te quiero” al oído, ella le miró con la dulzura que desprenden los ojos enamorados hasta el alma.
—No te marches Lidia
—Carlos, no me lo pidas de nuevo por favor, sabes que es imposible —contestó ella acariciándole la mejilla.
Lidia le besó dulcemente, se incorporó y fue recogiendo aquel reguero de ropa que con tanta efusividad había ido perdiendo camino de la cama. Pausadamente se vistió, como si no quisiera poner fin a aquella escena. Mientras, él la miraba absolutamente embelesado.
No se puede amar más —pensó Carlos— mientras ella acababa de arreglar aquellos rizos rubios por los que él la llamaba “mi sirena”.
—Cuídate amor —dijo ella, después de besarle de nuevo. A continuación se dirigió hacia la puerta de la habitación de aquel pequeño nido de amor junto a la playa.
—Te quiero tanto Lidia… cualquier día haré una locura.
Ella le miró lanzándole un beso, como si no le hubiese oído, después desapareció tras la puerta hacia el pasillo. El sonido al cerrarse la puerta de la entrada devolvió a Carlos a su soledad. Tumbado en la cama, observó como el sol de la tarde aún se colaba por la ventana y se posaba caprichosamente sobre aquella fotografía de Lidia junto al espejo. Se giró hacia la mesa de mimbre de su izquierda, cogió el teléfono y marcó un número.
—¿ Carlos? ¿Cómo está el soltero de oro?
—Hola Rosa, tú si que eres la soltera de oro…
—¿Dónde estás?
—En mi apartamento, necesito hablar contigo.
—Tú dirás.
—Prefiero no hablar por teléfono, mejor quedamos en mi despacho.
—¿No puedes hablar por teléfono?¿A qué viene tanto misterio?
—Es un tema delicado Rosa, prefiero hablar contigo personalmente, hay temas de trabajo y puede que la línea esté pinchada.
—¿Temas de trabajo?¿Tienes algún problema con tu socio, con Juan?
—Te juro que no puedo decirte nada más, y no cites nombres te lo pido por favor.
—¡Me estás poniendo histérica Carlos! Está bien, ¿cómo quedamos?

De vuelta a casa, mientras conducía, Lidia pensaba en la difícil situación en que se encontraba. Locamente enamorada de dos hombres a la vez y con tan pocas posibilidades de que eso fuera posible mantenerlo en el tiempo. Por si eso fuera poco, ahora además…




Aquella fría mañana de invierno, el cielo había escogido su mejor azul para decorar aquel cementerio junto al mar. Lidia y Juan —su marido— se acercaron a Rosa, como ellos, una de las mejores amigas de Carlos. Los tres se fundieron en un efusivo abrazo.
—Juan necesito sentarme, me estoy mareando de nuevo —dijo Lidia dirigiéndose a su marido.
—No te preocupes Juan, yo la acompaño —–comentó Rosa.
Ambas se dirigieron hacia un banco, mientras Juan atendía a familiares y amigos.
—No lo podré soportar Rosa
—Tienes que ser fuerte Lidia, ya sé que es terrible pero…
—¿Cómo pudo precipitarse al mar en una carretera que conocía perfectamente?
—La policía tampoco se lo explica Lidia, ni siquiera hay huellas de frenada, más bien parece…en fin, creo que ahora deberías serenarte. Habla con Juan, todos queríamos a Carlos, pero a él le puede extrañar tu estado; es obvio que tú dolor es más el de una viuda enamorada que el de una gran amiga.
—No tiene porque saber nada. Ahora menos que nunca. Yo amo a Juan tanto o más de lo que he amado a Carlos. Durante todo este tiempo les he amado a los dos y eso Juan no lo entendería, así que lo mejor será dejar las cosas como están. Además hay algo que deberías saber…
—¿Qué sucede?
—Estoy embarazada.
—¡Maldita seas!
—Cálmate Rosa. Cualquiera de ellos podría ser el padre, necesito no saberlo con certeza. Siento que es mejor así.
—¿Se lo has dicho a Juan?
—Eres la primera persona que lo sabe. Cuando pase todo esto se lo diré, seguro que lo hará muy feliz.
—Sinceramente no sé donde te llevará tu forma de hacer las cosas… hay algo importante que debo decirte pero no es el lugar ni el momento adecuado, llámame luego y te lo explicaré. Y por favor medita bien tus decisiones, en esta vida podemos llegar a hacer verdaderas locuras por un amor.

Una vez finalizado el sepelio Juan y Lidia acompañaron a Rosa hasta su casa. Durante el trayecto, Rosa dejó discretamente un sobre bajo el asiento de Lidia mientras ésta fijaba la vista perdida en el horizonte; a su lado Juan conducía sin mediar palabra. Al llegar a casa Lidia marcó un número de teléfono.
—¿Diga?
—Rosa, soy Lidia, me has comentado durante el entierro que tenías algo importante que contarme.
—Así es. El martes, después de marcharte del apartamento Carlos me llamó…
—¿Cómo sabes que el martes estuve allí?
—El mismo me lo dijo, pero eso no tiene más importancia. Me citó en su despacho. Estuvimos solos. Según me dijo había acordado con tu marido hacer una visita a la delegación de Roma y se marchaba el miércoles muy temprano. Me entregó un sobre y me pidió que te lo entregara si algo grave le sucedía. Según me dijo, le seguían desde hacía semanas, temía que se tratase de un grupo relacionado con el blanqueo de dinero a los que había perjudicado en unos negocios. Sospechaba que Juan tenía algún turbio asunto que le ocultaba sobre ese tema y me insinuó que en ese sobre había información que sólo tú debías tener.

—¿Un sobre? ¿asuntos ocultos de Juan y blanqueo de dinero? ¡el propio Juan me comentó, hace unos días, que irían juntos a Roma a una importante reunión por la buena marcha de la delegación! ¿Dónde está ese maldito sobre?
—Lo dejé en tu coche mientras volvíamos del cementerio, bajo tu asiento.
—¿Bajo mi asiento, pero estás loca? ¿Y si lo ve Juan?
—Lo dudo, lo coloqué entre la alfombra y el suelo. Sólo alguien que supiese que está allí lo podría localizar.
Lidia colgó inmediatamente, sin siquiera despedirse. Al llegar, Juan la había dejado en casa y se había marchado a –—según dijo— revisar los documentos que Carlos habría dejado pendientes en el despacho. Ahora, él debía ver como resolvía todo tras la ausencia de Carlos. Así las cosas, sólo le quedaba la opción de esperar a que Juan volviera y ver como localizar el sobre sin levantar sospechas. Por unos instantes, pensó que lo mejor sería ir al despacho de Juan y acceder al parking, pero la idea le pareció tan descabellada que la descartó de inmediato. El tiempo que tardase en volver Juan se le iba a hacer eterno. Pasadas las diez de la noche, Juan llegó por fin.
—¿Cómo estás cariño?
—Bien…¿y tú?
—Bien. ¿Te has vuelto a marear?
—No, no… estoy mucho mejor, ¿qué tal por el despacho?
—Bien. Carlos era el tipo más organizado del mundo y todos los expedientes están en orden. Estos días pensaré en quien delegar todas sus funciones. Al final me tocará ir a mi solo a Roma. En fin…sigo sin creerme todo esto. Me voy directamente a dormir.
—¿Por cierto Juan, has visto una pequeña carpeta que tenía en el asiento trasero del coche?
—No me he fijado cariño.
—Bajaré un momento a buscarla, juraría que la dejé allí. No son más que cuatro notas de un corresponsal de la radio, pero debería echarles un vistazo antes de la reunión de mañana.
Lidia bajó hasta el garaje con el corazón en la boca. Juan no sabía nada del sobre, ella le conocía bien y su forma de actuar lo corroboraba. Abrió la puerta del copiloto como un rayo, golpeándose la pierna violentamente. Ni siquiera sintió dolor, con desespero comenzó a buscar bajo el asiento. Por fin, entre la alfombra, localizó su tesoro. En su interior encontró primero una breve nota: “La carta cerrada que encontrarás junto a esta nota me la entregó Carlos para ti. Rosa”. Hacía apenas unas horas del entierro de Carlos y ahora recibía a través de su mejor amiga una carta de él mismo… destrozó literalmente el sobre que acompañaba a la nota mientras el corazón latía con violencia, con la única esperanza de encontrar en su interior una respuesta coherente a tanta locura.

“Amor mío, si esta carta llega a tus manos es porque algo muy grave ha sucedido. Hace días que me siguen, ya sabes que a través del negocio tanto Juan como yo nos hemos creado enemigos capaces de todo, aunque tampoco descarto que sea el propio Juan quien esté detrás de todo esto, he descubierto unas cuentas en Suiza a nombre de una sociedad de las que él forma parte. También es posible que lo sepa todo de nosotros dos. En cualquier caso créeme si te juro, que durante todo este tiempo he luchado por intentar convencerme de que no eras una maldita egoísta. En realidad, no sé que nos hace pensar que no se pueda amar a más de una persona a la vez, aunque yo no he logrado entenderlo. Esté donde esté te amaré siempre “mi sirena”. Carlos.”

Lidia no podía creer lo que estaba leyendo. ¿Juan siguiendo a Carlos? ¿Ocultándole negocios? ¡Era todo una absoluta locura! Lloró desconsoladamente, con rabia.. En su interior, el dolor se mezclaba con un incontenido sentimiento de rabia hacia la vida, hacia lo establecido, hacia las normas. Un sentimiento de culpa la invadía, mientras ella misma trataba de justificarse, pidiendo al cielo que le explicase porqué maldita razón nadie podía entender el modo de amar que ella sentía. ¿Y cómo preguntar a Juan sobre sus “negocios en Suiza”? La más mínima insinuación a Juan por su parte supondría destapar su propio secreto. ¿Acaso lo sabía todo ya?

Unos días más tarde, mientras volvía de la emisora, sonó el móvil de Lidia.

—¡Juan!
—Cariño ¿cómo estás?
—Bien acabo de salir de la emisora, voy para casa.
—¿Porqué no cenamos fuera? Tengo que contarte algo importante.
—¿Algo importante?
—No te preocupes cariño son buenas noticias. ¿Quedamos a las nueve en el “Guesarde”?, así podrás cenar pescado como a ti te gusta.
—De acuerdo quedamos allí. Un beso.
—Hasta luego amor. Un beso.

Las ideas se amontonaban en la cabeza de Lidia. ¿Qué diablos sería lo que tenía Juan que contarle? ¿Tendría ella la oportunidad de averiguar algo sobre sus movimientos “mafiosos”? ¿Cuánto tiempo más podría esperar para decirle lo del embarazo?

Después de la cena el mundo se tornó mucho más dulce para ambos. Juan explicó a Lidia que un grupo suizo había mantenido contactos con él meses atrás interesándose por el negocio y que, siguiendo normas de la institución, habían solicitado todo tipo de informes contables nacionales e internacionales y —lo más revelador— habían hecho un seguimiento personal a Carlos y a él mismo durante varias semanas. El presidente del grupo desde Zürich le había informado del interés real por comprar y le había pedido “excusas” por el procedimiento y los seguimientos alegando que formaban parte de la política de compras.

Lidia empezaba a entenderlo todo. Y el estúpido de Carlos sospechando de Juan, que había sido para él prácticamente como un hermano, pero…¿no sabía nada Carlos del grupo suizo? ¿Cómo preguntarle a Juan sin levantar sospechas?

—¿Y qué pensaba Carlos de todo este asunto con los suizos?
—La verdad es que no estaba muy contento con el tema. Sabes lo duro que ha sido levantar esta industria durante todos estos años y él no parecía demasiado dispuesto a ceder el negocio a unos “oportunistas” según sus propias palabras. En cualquier caso no hablamos más que una tarde sobre el tema y en realidad yo tampoco pensé que pudieran tener un interés real así que no insistí, después el accidente…
Lidia quedó pensativa un instante, imaginando su vida hace sólo unas semanas, sus sentimientos, sus pensamientos…
—¿Dónde estás Lidia?
Lidia tardó unos segundos en reaccionar. Por fin despertó de su momentáneo letargo reflexivo y concluyó que era el momento de…
—Yo también tengo algo importante que decirte Juan…
Juan la miró profundamente, acercándose todo lo que le permitían aquellas copas altas. Entonces ella alargando el brazo cogió su mano y le devolvió una mirada dulce.
—Juan, estoy embarazada.
—¡Gracias al cielo Lidia! ¡Camarero, champagne por favor!

Los meses posteriores transcurrieron lentamente, del dolor inicial por la ausencia de Carlos, tanto Lidia como Juan, pasaron a un estado de ilusión por el pequeño que estaba en camino. En ocasiones, Lidia sentía que Juan estaba como ausente, dubitativo, frío quizás; de repente, entendía que esas sensaciones no eran más que una mala pasada de su mente ante ese atroz sentimiento de culpa que día y noche la acompañaba. Tras un embarazo difícil, nació Olver. Lidia y Juan estaban radiantes de felicidad. Lidia sentía que aquel pequeño parecía haber llegado a iluminar alguna ausencia. Aquella tarde de verano, cuando Olver contaba con apenas un mes de vida, Lidia salió para hacer unas compras junto a Rosa, sólo serían un par de horas en las que Juan se encargaría del pequeño. No se marchaba muy tranquila, Juan no tenía mucha práctica con el bebé y además, en los últimos días, lo había notado especialmente nervioso con el cierre definitivo de la venta del negocio al grupo suizo. Finalmente se marchó, no sin antes hacer que Juan le prometiese que si tenía algún problema la llamaría. Las dos horas de compras se le estaban haciendo eternas, así que decidió llamar para ver como iba todo.

Cogiendo a Olver, Juan observó con detenimiento aquella pequeña manchita rosácea con forma de flor junto a su pequeño pié. Volvió a mirarse su propio pié comprobando, como con el paso de los años, aquella mancha seguía allí, rosácea, junto al tobillo.

—Rosa, Juan no contesta.
—No te preocupes por Dios, estará haciendo algo y no podrá atender la llamada.
No habían transcurrido ni dos minutos cuando decidió intentarlo de nuevo.
—No insistas Lidia, él verá que le has llamado y te llamará.
—Sigue sin contestar Rosa, creo que algo no va bien…
—¡Por Dios Lidia!
—Rosa, ahora mismo me vuelvo para casa.
—Pero Lidia por favor…
De repente sonó el teléfono de Lidia.
—¡Juan!
—¡Lidia, debes venir enseguida, acaban de llamarme del despacho, unos encapuchados han entrado directamente a la oficina de Claudia, mi secretaria, y sin mediar palabra le han disparado varias veces, estaba oyendo tu llamada al otro móvil cuando hablaba con la policía!
—¡No! ¿Un atraco?
—Según me ha dicho la policía no se han llevado absolutamente nada…apresúrate por favor me han pedido que vaya lo antes posible.
—¿Por Dios Lidia que pasa? —preguntó angustiada Rosa.
—¡Calla Rosa!
—Lidia pídele a Rosa que vaya para allí, ella conoce bien a Claudia y a su familia y quizás pueda hablar con ellos.
— Esta bien Juan, ahora mismo voy para casa.
—Unos encapuchados han entrado en el despacho y han disparado a Claudia varias veces…
—¿A Claudia?¿Un atraco?
—No se sabe nada pero debe estar muy grave. Vete para la oficina de Juan para localizar a su familia, yo voy para casa con Olver, Juan me espera para poder marcharse.
Lidia paró el primer taxi que vió y se dispuso a ir para casa. Rosa se quedó esperando para coger igualmente un taxi y dirigirse a la oficina de Juan.
—Nada más llegar a casa, Lidia, en una primera visión del salón, comprobó varios cajones abiertos y tremendamente revueltos.
—¡Juan!
—¡Juan!
Sin apenas aliento, Lidia se dirigió hacia su dormitorio, y una vez allí a la cuna de Olver temiéndose lo peor. Primero Carlos, después Claudia…¿Qué estaba sucediendo? ¿Ahora Juan y Olver? Horrorizada, comprobó como en la cuna sólo quedaba aquel pequeño pijamita con el nombre de su bebé. Y algo más. Allí estaba, en la cuna de Olver, un sobre gris, exactamente igual al que Rosa le dejó en el coche el día del entierro de Carlos. A diferencia del suyo, éste ya estaba abierto, con el corazón en un puño cogió la carta de su interior y empezó a leer:

“Querido Juan, si lees esta carta querrá decir que algo muy grave me ha sucedido y que Rosa, nuestra común “amiga”, ha cumplido el encargo con total discreción, le pedí personalmente que te la entregase sólo en un caso extremo. Supe hace unos días, gracias a tu “fiel” secretaria Claudia, que eras tú el responsable de mi seguimiento. Según me confirmó, tú habías contratado a alguien porque sospechabas de mi integridad y temías que realizase negocios a tus espaldas; evidentemente debías pensar que actuaría tal y como tú has hecho con el tema de las cuentas de Suiza…. Ya ves, tu querida y “fiel” Claudia”, informándome a mi de tus actuaciones…seguimientos, cuentas en Suiza… como ves todo el mundo tiene un precio. . Habrás podido comprobar que a diferencia de ti, soy un socio fiel, pero supongo que habrás podido comprobar también que en lo que se refiere a cuestiones de amores, ni yo, ni tu querida esposa lo hemos sido. Aunque Carlos tú…, ¿has contado algo sobre ti y Claudia a tu querida esposa?, es probable que te entienda, ella sabe perfectamente lo que es “jugar a dos bandas”. Como ves todos tenemos puntos oscuros. Os deseo “toda la felicidad del mundo”. Carlos.”

En una línea inferior, manuscrita, una pequeña nota en tinta roja, que se veía claramente añadida con posterioridad a la carta:

“Después de haber leído esta carta, no llames a la policía, no nos obligues a derramar más sangre. Nuestro pequeño estará bien si tu te olvidas para siempre de los tres”. JUAN.

De rodillas ante la cuna, mirando obsesivamente aquel pijamita, absolutamente ida, extenuada, al borde la histeria, Lidia gritó:
—¿Los tres?
Instintivamente se llevó la mano al bolsillo y cogió su móvil. Buscó en la agenda y marcó ayudándose con ambas manos para que el temblor no ganara su batalla y poder llamar de una maldita vez. Al otro lado de la línea alguien contestó:

—Muy bien Lidia. Acertaste de pleno, Juan, Olver y yo misma “los tres”.
—¡Nooooooo! ¡Hija de puta! ¡Devuélveme a mi hijo! —gritó de una forma absolutamente desgarrada.
—¡Escúchame bien tú a mi! ¡Tanto Juan como yo tuvimos conocimiento de lo que decían las dos cartas de Carlos desde el mismo día de su entierro! ¡Tú eras la primera que tenía intención de engañar a todos! ¡ Olvídate de tu hijo, de Juan y de mi! Y te lo advierto muy seriamente… si no nos olvidas y nos buscas problemas no tendré ninguna duda en hacer que ocurra algún “accidente” como el que sufrió Carlos o un “atraco” como el de “Claudia”. ¡Hasta nunca Lidia!
—¿Rosa por Dios cómo puedes hacerme esto? —gritó Lidia entre sollozos —Rosa por favor…por favor…

JUSTICIA O VENGANZA

JUSTICIA O VENGANZA

Al despertar, Edfran vió una gran luz que cegaba su visión; al girar la cabeza hacia la izquierda una bandeja metálica que contenía todos los utensilios que él solía utilizar, bisturí, tijeras, pinzas, gasas... a su derecha un gran scanner destacaba sobre aquella pared de blancos azulejos de brillo inmaculado.

Al intentar incorporarse comprobó atónito como sus muñecas y tobillos habían sido inmovilizados utilizando las correas de aquella camilla metálica. El pánico se iba apoderando de él de forma vertiginosa cuando de repente, detrás de su cabeza, justo en el ángulo que no alcanzaba visualmente oyó una voz, de sobras conocida, que le dijo:

- Ya estamos al final del camino.

-¿Al final del camino?- preguntó desesperadamente Edfran, mientras su tensión se aceleraba como un caballo desbocado. ¿Porqué me haces esto? insistió, ante la falta de respuesta a su pregunta anterior y en un tono cada vez más exasperado a la vez que sus brazos y piernas luchaban inútilmente por liberarse de aquellas malditas correas.

-En el fondo creo que es algo que debí hacer hace ya mucho tiempo- contestó por fin aquel personaje acercándose con paso firme hacia él.

Edfran notaba como un sudor frío le recorría el cuerpo cada vez con más intensidad, la ausencia de ropa, el helor del metal de aquella camilla y la desesperante situación lo estaba llevando al borde de un ataque de pánico.

-¡Me has drogado y traído aquí para vengarte!- gritó encolerizado.

- Venganza no es la palabra exacta- contestó con voz pausada aquel hombre de estilizada figura. Justicia lo llamaría yo –prosiguió- acercándose a la camilla y dirigiendo una encolerizada mirada justo a los ojos de un desesperado Edfran.

Abrochándose la bata blanca, dirigió sus pasos hacia la parte inferior de la camilla y ajustó las correas de los tobillos asegurándose de que los agitados movimientos no las habían aflojado, a continuación fué hacia un armario repleto de medicinas.

-¿Justicia dices? ¡Fue un maldito accidente!- exclamó Edfran dejando ir en sus gritos una clara petición de clemencia.

Girándose sobre sí mismo y de forma enérgica, aquel tipo alto, de cabello totalmente blanco y profunda mirada replicó:

-Los accidentes son acontecimientos imprevisibles, lo que ocurrió era más que previsible... -En cualquier caso –prosiguió- debí suponer que algún día podría suceder algo así. Siempre pensaste sólo en ti. Maldito egoísta. No tuviste suficiente con que Halen abandonara toda su carrera por ti, ni que nos abandonara para ir contigo a aquella maldita ciudad a pesar de su complicado embarazo. Lo único importante era tú éxito como “gran cirujano”, tus citas sociales, tú, tú… ¡tú!. Tú y el alcohol…

- ¡Piensa en todo lo vivido por Dios!, no puedes hacerle esto a tu…

- ¡Calla de una maldita vez!…cuando nació la pequeña Josan nos resultó como la luz de la vida; su delicada salud me hizo creer que nunca más me volverías a pedir que te concediera aquella plaza de director del hospital de Osgal, que no las obligarías a seguirte, que las amabas…una vez más volví a equivocarme contigo.

Edfran notaba como sus músculos se entumecían y poco a poco dejaban de responder a sus vanos intentos de moverlos. Su mirada absolutamente enrojecida era fiel reflejo de su desesperante estado.

- …aquella noche después de la cena, todos te rogamos que no condujeses, incluso te ofrecimos que te marchases y las dejases en casa; una vez más la bestia que se despierta en ti blasfemó y amenazó hasta el punto de que lo único que pudo hacer Halen –como tantas otras veces- fue rogarnos que os dejáramos partir, al fin y al cabo eran unos pocos kilómetros…egocentrismo y alcohol… explosivo coctel. El resto… ya lo conoces.

Edfran que escuchaba totalmente abatido, notaba como prácticamente había perdido totalmente la sensibilidad en su cuerpo. Sus ojos absolutamente encharcados en lágrimas miraban suplicantes a su verdugo aún a sabiendas de que sus posibilidades de sobrevivir eran prácticamente inexistentes.

Sacando un bisturí de aquella impecable bata blanca, aquella majestuosa figura se acercó a la camilla y le miró fijamente a los ojos diciendo:

-No sufrirás, al menos no físicamente.

Primero la derecha, después la izquierda, de forma absolutamente profesional y ante la total impotencia de Edfran llevó a cabo una pequeña y a la vez profunda incisión en cada una de las muñecas de su víctima. La sangre empezó a brotar y a recorrer aquella camilla creando un juego de color macabro sobre su superficie.

-Te lo suplico p …susurró Edfran con un mínimo hilo de voz y sin poder siquiera acabar sus palabras.

-Como sabes, lentamente una sensación de mareo te invadirá, sin dolor… Psicológicamente será difícil, pero tú y yo sabemos que es lo único que puedes ofrecer a aquellos dos ángeles inocentes. Quizás ellas, allá donde estén, puedan perdonarte. Espero que Dios me perdone a mí por haber engendrado un monstruo tan egoísta, tan frío e incapaz de sentir y dar amor…

Edfran escuchaba de forma enloquecedora como, lentamente, la sangre salpicaba el suelo de aquel quirófano …

DOLOR

DOLOR

Andaba vagando por el centro de aquella gran ciudad. Eran ya casi las diez de la noche de un viernes cualquiera. La corbata que tan elegante lucía en la mañana caía absolutamente desorientada; la camisa y la elegante americana a juego con el pantalón, apestaban a tabaco; acababa de consumir el tercer whisky en un bar postmoderno donde, a sus cuarenta y algo, con aspecto de oficinista errático, le habían servido de mala gana. Justo antes de salir de aquel local tan fashion, uno de los tantos espejos que lo decoraban le había devuelto la imagen de un tipo hundido, con una barba incipiente y algunas canas. La imagen que dos días antes hacía girar a más de una mujer hoy escupía dolor y pena. Dolor. Pena.

El apetito había huido como despavorido. Desde hacía dos días apenas comía. Desde hacía dos días casi no dormía. Llevaba huyendo dos días. Dos malditos días. De repente sintió el timbre del móvil y casi con desesperación lo buscó en el bolsillo interior de su americana. Mentira. El maldito teléfono no había sonado, quizás si en su deseo, pero en realidad hacía dos largos días que no sonaba. Probablemente estaría una eternidad sin sonar.

Amar duele. Ese era el título de una bella canción que ahora le resonaba con amargura en su perdida mente. ¿Qué era el amor? Acaso una burla del destino. Un sentimiento capaz de dar vida y de hacer morir. Acaso una broma macabra en el camino. Amor, hasta hace dos días sol, hoy tinieblas.

Siguió caminando entre la gente sin ver, sin ser visto, sin ser nadie, sin querer ser. Exhausto, se sentó en un banco y hundió su mirada en el asfalto. Segundos después, la luz de una intensa luna de invierno, creó reflejos caprichosos con las lágrimas que se derramaron suavemente por sus mejillas hasta el suelo. Hacía dos días que lloraba.

Hacía dos días que la primavera lo había dejado huérfano, que las mariposas eran negras, que el sol abrasaba con su helor.

Hacía dos días que Gloria, su princesa Gloria, entregaba sus pétalos a otro trovador.

LAIA LA CIGARRA

LAIA LA CIGARRA

Laia llevaba varios días sin cantar. Aquella tarde, sentada en la barra de la cocktelería siguió pensando en cómo resolver aquella situación. Era absolutamente injusto y estaba dispuesta a luchar por ello.
Jordi, el camarero, la conocía bien. Pudo ver su rostro de preocupación y no pudo evitar intentar ayudarla.
—¿Estás bien?
—Estoy hasta los cojones de esa puta historia
—Laia, el otro día cuando te vi discutir con aquellas hormigas me temí algo así. Sabía que te removerían las entrañas. No hace mucho que vienen por el local. Es muy extraño ver hormigas fuera de su ambiente, estas creo que andan metidas en política, movimientos antimonárquicos o algo así. En cualquier caso creo que no deberías darle más vueltas. Al fin y al cabo tú no tienes ninguna responsabilidad.
—Es evidente que no tengo responsabilidad alguna pero, ¿cómo te sentirías tú si todos los de tu especie estuviesen mal vistos porque a un gilipollas no se le ocurre mejor idea que hacer una moraleja sirviéndose de tu familia? ¿Y la puta hormiga? ¿Quién coño era aquella puta hormiga para joder generaciones y generaciones de cigarras? Y claro, a partir del puto cuento, del puto escritor de mierda, todas las cigarras somos unas gandulas del copón y las cabronas de las hormigas unas “grandes trabajadoras”. ¡Me cago en el escritor y en su puta madre!
Jordi asintió con la cabeza mientras le servía un dry martini. Al final de la barra, una liebre que, aún sin quererlo, había escuchado la conversación, se acercó discretamente a Laia.
—Disculpe pero no he podido evitar escucharles.
—No importa.
—Mi nombre es Elsa Conej, soy abogado y me gustaría ayudarle. Como sabrá mi especie también fue el objeto de una famosa moraleja como coprotagonista, junto con una tortuga, de un relato de un escritor “iluminado”.
—La recuerdo pero, ¿cómo podría ayudarme?
—Tenga mi tarjeta, llámeme y quedaremos en mi despacho. Daremos a las hormigas y a los escritores lo que realmente se merecen.
—Pero escuche, yo no tengo dinero, no podré pagarle.
—No se preocupe, sé bien quien pagará mis honorarios.
Elsa abandonó la coctelería y disimuladamente hizo un guiño a Jordi. El camarero le devolvió el gesto asegurándose de que Laia no los podía ver.

Varias semanas más tarde, en el juzgado, el magistrado Lousen preparaba junto a su secretario el juicio de esa mañana.
—Señor Centpeus, ¿ha revisado el expediente de las doce?
—Si señoría
—Señor Centpeus le he rogado en varias ocasiones que cuando selle los expedientes no lo haga con más de diez patas, ha puesto mi portafolios perdido de tinta.
—Disculpe señoría. En cualquier caso debería agradecer que alguien como yo haga este trabajo, si lo tuviese que hacer un humano como usted se eternizaría.
—Bien, bien. ¿Puede hacerme un resumen del caso de hoy?
—Por supuesto. Laia Chicharra, de la especie de las cigarras ha interpuesto una demanda por difamación y atentado al honor contra el colectivo de las hormigas.
—¿Cómo?
—Basa su acusación en el hecho de que, por medio de la fábula de la cigarra y la hormiga, se ha difamado y atentado contra el honor de varias generaciones. Argumenta que durante años la cigarra ha quedado a los ojos de niños, adultos y del resto de especies animales, como un bicho molesto, gandul y dado única y exclusivamente a la vida bohemia.
—Señor Centpeus le diré algo sin ánimo de ofender.
—Adelante señoría.
—Los juicios con animales me ponen muy nervioso, y éste concretamente creo que me sacará de mis casillas. En fin, ¿quienes son los abogados de las defensas?
—La defensa de la cigarra la lleva aquella liebre que ya conoce Vd…
—¿Elsa Conej? ¡Por Dios! La estupenda, la esbelta, ¡la impertinente Elsa Conej!, ya veo que esto no va a ser fácil; ¿y quién defiende a las hormigas?
—Laura Queen, también conocida como “la reina”. Según he podido saber, una hormiga con una carrera brillante, con despacho en el centro de la ciudad.
—Todo esto es surrealista señor Centpeus. ¿La formación del jurado?
—Si no hay bajas de última hora el jurado está formado por tres hombres, dos mujeres, una loba, una hormiga, una cigarra y un conejo señoría.
—Bien señor Centpeus, si todo está dispuesto convoque la sesión.
—Como mande señoría.

Situada en la primera planta del Palacio de Justicia, la sala de vistas ofrecía una aspecto imponente. Sus altos techos y sus grandes ventanales, daban sin duda, un aspecto majestuoso a la estancia. El magistrado señor Lousen se dirigió al centro del estrado mientras su secretario, el señor Centpeus se situaba en un sillón a su izquierda. Abajo, a la derecha, la representante del colectivo de hormigas junto con su abogada Laura Queen. A la izquierda, algo aturdida con tanto revuelo, Laia junto a su abogada Elsa Conej. En los bancos posteriores y de forma absolutamente simétrica, cientos de cigarras cubrían la espalda de Laia, mientras que a la derecha hacían lo propio un número indeterminado de hormigas. Junto a la puerta, dos guardias custodiando el acceso; en los laterales, diseminados, los representantes de la prensa ávidos de seguir el desarrollo de un juicio que, como poco, podía calificarse de “curioso”.

—¡Silencio en la sala! –ordenó el magistrado Lousen.
En unos instantes toda la estancia quedó sumida en un mutismo absoluto. El secretario, señor Centpeus, alargó una de sus patas y entregó todo el expediente judicial al magistrado; a continuación éste indicó que se acercaran al estrado a las dos representantes de las partes.
—Buenos días señoría.
—Buenos días señoría.
—Espero efectivamente que este sea un buen día señoritas. Como juez les exigiré que no utilicen tácticas que se aparten de la legalidad, como ciudadano les solicito respeto a la justicia. A usted. señorita Queen no la conozco, espero que después de este juicio pueda decir que “ha sido un placer”; en cuanto a Vd. señorita Conej… ya nos conocemos de otros pleitos, le recomiendo que guarde “sus genialidades” para otros públicos. Ahora vayan junto a sus clientes.
Ambas se dirigieron hacia sus asientos, no sin antes dedicarse una inquisidora mirada.
—Proceda señorita Conej –indicó el magistrado.
—Con la venia señoría. Señoras, señores, miembros del jurado, como todos ustedes saben, a través de la famosa fábula de la cigarra y la hormiga, una maldita hormiga…
—¡Protesto señoría! —gritó desde su posición Laura Queen.
—Se admite la protesta –indicó el magistrado dirigiendo su mirada encolerizada hacia aquella liebre que, con ojos burlones, miraba al jurado como preguntando qué diablos podía haber ofendido tanto a aquel “hormiguero”–. Se lo advertí con absoluta seriedad al iniciar esta sesión señorita Conej –prosiguió el magistrado Lousen.– No dejaré que convierta esta sala de vistas en su escenario particular, una nueva salida de tono y haré que su título de abogado sólo le sirva para abanicarse. Prosiga.
—Disculpe señoría. Bien, como decía, a través de la citada fábula, mi cliente, y lógicamente toda su especie, arrastra durante generaciones la lacra de una etiqueta absolutamente injusta. La cigarra es un animal eminentemente dado a la vida artística, más concretamente en su vertiente musical. A lo largo de los tiempos ha deleitado con su bello canto a todos aquellos que se han acercado hasta ella. De una forma absolutamente altruista han compuesto, generación tras generación, bellas melodías que, lejos de elevarlas a la gloria, y ¡gracias a una triste fábula!, las ha hundido como al más vil de los criminales.
–Abrevie señorita Conej –dijo el magistrado Lousen.
–¡Toda una especie calificada de gandula, molesta y holgazana! ¿Y porqué? Yo se lo diré señores y señoras, miembros del jurado, ¡por ser artistas! ¿Quieren realmente que, como ya sucedió en otros tiempos con otros artistas, no se las entierre en sagrado? Apelo a su sentido común. ¿Acaso hubiese sido justo calificar a lo largo de la historia a Mozart como un simple bohemio? Porque pueden ustedes decirme, ¿cuantos camiones descargó Mozart a lo largo de su vida?
–Le ruego que vaya finalizando su discurso –indicó el juez con cierto tono de impaciencia.
–Para finalizar esta exposición de hechos, les quiero rogar que piensen además en esa fábula con detenimiento. Una hormiga que trabaja durante todo el día sin prácticamente descanso, sin apenas derechos laborales, a las órdenes de una jerarquía superior que la domina y la utiliza para satisfacerse a sí misma; porque sepan ustedes que las hormigas, a diferencia de las cigarras, especie en que impera la libertad y la igualdad, son seres que clasifican a sus congéneres por clases sociales bien determinadas. Unas trabajan como esclavas mientras otras viven como “reinas”, y eso lo debe saber bien la señorita Queen…
–¡Protesto señoría! –gritó fuera de sí Laura Queen, clavando su mirada enrojecida en la esbelta figura de Elsa Conej, quien mirando hacia el jurado desatendía absolutamente la ira de su contrincante.
–¡Se admite la protesta!. Se lo he advertido señorita Conej. Antes de finalizar el juicio le indicaré cual es la sanción económica que “ha obtenido” por esta nueva falta de respeto ante este tribunal. ¡Retírese inmediatamente!
Elsa se apartó con sigilo del ángulo de visión del juez Lousen y se dirigió junto a su cliente. Orgullosa de su exposición miró a Laura Queen con cierto aire de desafío.
–Elsa has estado genial… pero me temo que tengo malas noticias.
–¿Qué quieres decir con malas noticias Laia?
–Mientras hacías tu brillante exposición me han hecho llegar esta nota.
–Déjame ver… ¡maldita sea!
–Habrá que dejarlo correr Elsa…
–No podemos abandonar ahora Laia, ¡de ninguna manera!
–¡Si no lo dejamos me matarán, lo dice muy clara esa nota! ¿Y si entregamos la nota al juez?
–Eso sería nuestro fin. Esas hormigas son muy listas, en especial Laura Queen, saben que si entregamos esta nota al magistrado, éste creerá automáticamente que es una estrategia montada por mi. Ya me imagino al juez : “Así que esta nota que leo literalmente –“O paras este juicio o eres cigarra muerta”- dice que se la han hecho llegar a su cliente en el transcurso del juicio. ¿Cree realmente señorita Conej que soy el juez más idiota del país?”. Créeme Laia, sería nuestro fin. Pero…cálmate, aún no está todo dicho.

–Su turno señorita Queen –indicó el juez Lousen
–Con la venia señoría. Señoras, señores, miembros del jurado…no seré yo quien entre en la dialéctica falaz y demagógica de mi colega, la señorita Conej. Su discurso demuestra a todas luces una falta de solidez manifiesta y es por ello que intenta basar su defensa en un feroz ataque al inmejorable modelo social de mi especie. Sin duda, el hecho de que sus antepasados fueran motivo de otra famosa fábula, en que por cierto no quedaron muy bien parados, genera en la señorita Conej un alto grado de animadversión hacia mi especie…
–¡Protesto señoría! –replicó Elsa desde su puesto en la sala.
–Se admite la protesta. Señorita Queen, le recuerdo que este juicio lo protagonizan dos partes bien definidas, absténgase de hacer alusión a “otras fábulas” o a cualquier antepasado no relacionado directamente con la causa que nos ocupa. Prosiga.
–Con la venia señoría. Como les decía, el modelo social de mi especie es, por su alto grado de efectividad, motivo de estudio desde tiempos inmemoriales. Una sociedad entregada a sus componentes, con una visión de equipo; cada uno de sus elementos, destinado en un módulo de producción es esencial en el perfecto engranaje de la vida de cada uno de los hormigueros. Un modelo de sociedad prácticamente único, en el que el trabajo, la solidaridad y el esfuerzo es un todo y en el que la “holgazanería” no tiene cabida.
–¡Protesto señoría! –replicó Elsa Conej–, la señorita Queen intenta confundir al jurado llamando “sutilmente” holgazana a mi representada.
–Se admite la protesta –indicó el magistrado Lousen–. Cíñase a lo estrictamente delimitado sin entrar en descalificaciones de ningún tipo. No vuelva a pisar terrenos que no debe o le aseguro que no le quedarán ganas de encontrase ante mí en el futuro. Prosiga y sea breve.
–Disculpe señoría. Para finalizar señoras y señores, miembros del jurado, me gustaría que todos y cada uno de ustedes reflexionase sobre qué tipo de sociedad sería aquella en que se venerase a quien, en nombre del “arte” llevase una vida absolutamente improductiva, y se castigase a quien trabaja incansablemente a favor de “sus hermanos”. ¿Podría esa sociedad “comer arte”? La respuesta está en ustedes y la responsabilidad en su veredicto. Es todo, muchas gracias señoría.
—Llega el momento de que llamen a declarar si lo creen oportuno señoras letradas –dijo el magistrado señor Lousen dirigiéndose a las señoritas Conej y Queen.
—No llamaré a nadie al estrado –indicó con rotundidad la abogada Queen.
—Con la venia señoría, yo llamo al estrado a la hormiga obrera señorita Kram.
De entre la multitud, una pequeña hormiga con muletas, se encaminó con dificultad hacia el estrado ante la insidiosa mirada de la representante del colectivo de las hormigas y de su inseparable abogada Laura Queen.
—Señor Centpeus proceda. –indicó el magistrado Lousen.
—Como mande señoría. Señorita Kram, ¿jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? –preguntó con severidad el señor Centpeus.
—Lo juro –contestó la hormiga sin apenas levantar la vista del suelo.
—Proceda señorita Conej –indicó el magistrado
—Con la venia señoría. Dígame señorita Kram, ¿cual es su cometido en el hormiguero?
—Hasta hace unos meses mi cometido era recoger lo que mis compañeras transportaban hasta la puerta de acceso al hormiguero y distribuirlo entre los distintos almacenes.
—¿Y después de esos meses señorita Kram?
—Después me encomendaron la labor de adiestrar a otras compañeras más jóvenes para hacer esa labor, como a modo de instructora, hasta el día del accidente…
—¿Qué sucedió exactamente el día del accidente señorita Kram?
La hormiga bajó la cabeza y se llevó las manos a la frente como un gesto de sufrimiento.
—Señorita Kram conteste a la pregunta –indicó el magistrado.
Levantando la cabeza y mirando fijamente a Elsa Conej prosiguió. –Como otros muchos días, y sin que nadie lo supiese…paré unos minutos a leer un manual de música que tenía oculto en la galería.
—Aún a sabiendas de que eso está terminantemente prohibido para una hormiga obrera como usted, ¿no es cierto? –indicó con ironía la letrada señorita Conej.
—¡Protesto señoría, la abogada intenta hacer creer a este tribunal que entre nuestro pueblo se utilizan represiones de una forma totalmente infundada…
—¡Silencio señorita Queen! Se deniega la propuesta, -indicó el magistrado. –Prosiga señorita Conej.
—Como decía, usted paró a leer aquel manual sabiendo que estaba ¡prohibido!
—Así es.
—¿Y que sucedió después?
—Apenas había comenzado a hojearlo, cuando de repente oí pasos de varias compañeras que se dirigían hacia la galería en que yo estaba. Pensé que no me daría tiempo a ocultar el libro y me puse muy nerviosa, tropecé con unas cáscaras y empecé a rodar por la galería…
—Con el resultado de diversas contusiones, una pierna rota y una amonestación de por vida según consta en el parte que usted misma me entregó y que solicito que se incluya como prueba señoría.
—Que conste en acta –afirmó el juez Lousen.
—Pues ya lo ven señores y señoras del jurado –prosiguió Elsa Conej dirigiendo su mirada hacia todo el colectivo de hormigas congregado mientras la pobre hormiga Kram se derrumbaba y lloraba desconsoladamente. –esto es lo que fomenta el maravilloso mundo de las hormigas, trabajo, trabajo y más trabajo de unos pocos a los que ni siquiera se permite que lean o que dirijan su mirada hacia alguna forma de arte. Este es el resultado, infelicidad, frustración y castigo. No haré más preguntas señoría.
Mientras la señorita Kram se retiraba, Laia pudo comprobar, atónita, como las hormigas que la acompañaban eran las mismas con las que mantuvo la discusión el día de la coctelería.

—Genial Elsa —dijo Laia mirando a Elsa con cara de satisfacción —por cierto—prosiguió, —el día de la discusión de la coctelería…
—Elemental querida Laia –contestó velozmente Elsa. –Aquellas hormigas querían poner en evidencia su sistema de trabajo y sus condiciones de vida, así que pensaron que la mejor manera era que quien desenmascarase a su pueblo fuera precisamente el pueblo del que se habían reído durante décadas.
—Realmente genial. Me siento utilizada pero espero que todo esto valga la pena.
—¡Visto para sentencia! —dijo el juez Lousen dirigiéndose a la sala. —Que el jurado se retire a deliberar. A las cuatro en punto se reanudará la sesión para que nos comunique su conclusión —afirmó con contundencia.

Justo a las cuatro de la tarde el juez señor Lousen y su secretario señor Centpeus hicieron acto de presencia en la sala, seguidamente lo hizo el jurado. En la sala reinaba un silencio absoluto.

—¿Tienen ya el resultado de su deliberación?—preguntó el magistrado dirigiéndose hacia el jurado.
—Así es señoría—contestó levantándose de su asiento la loba en su calidad de portavoz.
—Proceda pues.
—Con la venia señoría. Habiendo escuchado a las partes, a los testigos y tras una larga y compleja deliberación este jurado establece: en primer lugar, ordenar al pueblo de las cigarras a no reclamar a nadie en concreto ni a la sociedad en general que les sea entregado bien alguno “gratis” y se les recuerda que “si no plantan trigo no pueden esperar poder hacer pan”; en segundo lugar, y respecto de la especie de las hormigas, se impone la obligación de facilitar a todas las obreras cuatro horas libres al día y a proporcionarles los medios para que adquieran una mínima cultura así como promocionarlas en la actividad artística que cada una de ellas elija—un gran murmullo recorrió la sala mientras la abogada señorita Queen se llevaba las manos a la cabeza, desesperada—.
—¡Silencio en la sala!—gritó el juez Lousen—prosiga.
—Gracias señoría —prosiguió la loba —a los escritores…que decir de un colectivo dado a la frivolidad, a la vida digamos…poco seria, amigos del alcohol, de los excesos…
—¡Protesto!
—¿Cómo?¿Quién ha dicho eso?—preguntó el juez alzando la vista al cielo
—Soy yo señoría, el escritor…
—¿Qué diablos?¿Cómo que el escritor?
—Con la venia señoría, me parece que el jurado está transmitiendo una imagen del escritor poco ajustada a la realidad.
—¡Cállese de una vez! —gritó encolerizado el magistrado. —Sepa en primer lugar que yo ¡si! estoy de acuerdo con el jurado, y en segundo lugar que considero absolutamente impresentable su incursión en este juicio, tomarse la libertad de inmiscuirse en este relato lo dice todo de usted y de su colectivo. Siga escribiendo y calle si no quiere que tome medidas muy severas al respecto. ¡Inaudito! ¡Prosiga el jurado!
—Como decía señoría respecto de los escritores, y dado que nada hay que se pueda hacer con ellos, este jurado ruega encarecidamente a toda la población que analicen con objetividad todo aquello que lean y que cuestionen las consecuencias y los intereses que promueven los escritos. Es todo señoría.
—Señoras, señores, miembros del jurado, se levanta la sesión.
De vuelta a su despacho el magistrado señor Lousen dirigéndose al secretario preguntó intrigado:
—Por cierto señor Centpeus, ¿quién es el “iluminado” que escribe y que no se le ocurren mejores cosas que meterse en sus relatos?
—Conrado Sánchez señoría.
—¡Ahora me lo explico todo! Hasta mañana señor Centpeus.
—Hasta mañana señoría.